Steven Spielberg envuelve con su magia a Cannes 2016 con ‘Mi amigo el gigante’ (Video)

Imposible olvidar la última vez que Steven Spielberg presentó película en Cannes (regresó como director del jurado en 2013 para darle la Palma de Oro a La vida de Adèle): fue con Indiana Jones y el reino de la calavera de cristal (2008). Hasta la fecha, la entrada más horrible a una sala de cine que yo haya vivido: codazos, sofocos, varias colas múltiples sin saber dónde narices estaba la adecuada… era divertido, en parte, por ver a tanto crítico veterano consagrado entrando a cabezazos para ver la que resultaría la peor película de Indiana Jones.

Pues bien, hoy se repitió el armageddon a la entrada de Mi amigo el gigante: insultos (en varios idiomas), gritos por doquier y embudos de gente sudando a chorros por cualquiera de los accesos que daban paso al Gran Teatro Lumière. Esto es Cannes, tanto para la bueno como para lo malo.

Por suerte la proyección fue una auténtica delicia. Spielberg se adentra en el universo Roald Dahl, adaptando “El gran gigante bonachón” (1982), con máximo respeto, calzándose las formas del escritor británico en una simbiosis artística perfecta (mucho mejor que, por ejemplo, las que surgieron de El secreto del unicornio (2011)) y desbordando fantasía en cada plano. El cuento infantil ilustrado de Dahl no era precisamente fácil de adaptar, así que el estupendo trabajo de la recientemente fallecida Melissa Mathison (autora también de los libretos de E.T. El extraterrestre (1982) y La llave mágica (1995)) se ha cimentado sobre el hecho de situar en un terreno entre mágico -la fábrica de sueños del gigante es pura delicia- y romántico -la relación de amistad que se forja entre la niña (Ruby Barnhill) y el gigante (Mark Rylance)- el grueso de la acción dramática.

Spielberg pone imágenes digitales de marcado estilo retro al relato, creando una atmósfera donde es fácil reconocer el imaginario más fantasioso del cine de Michael Powell y Emmerich Pressburger (el romanticismo naïf de A vida o muerte (1946) sería un símil bastante clarificador). La película exige al espectador que vuelva a creer en el cine, que sea comprensible que en nuestro mundo haya una tierra habitada por gigantes y que, en caso de darse a conocer, hasta la Reina de Inglaterra sería comprensiva con ello. Una paradoja imposible de aceptar en el zafio mundo real donde existimos, pero que en el cine de Spielberg es perfectamente creíble o, al menos, tan creíble como lo era en E.T., Hook (1991) o Parque jurásico (1993).
Más cerca de cualquier película de Harry Potter (en clave luminosa) que de otras adaptaciones de Dahl, Mi amigo el gigante nos invita a creer que otro mundo -más bello, dickensiano y con finales felices- es posible.

 

 

 

 

 

sensacine

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