“Delcy, cómete un cable” Carta a Delcy Rodriguez de una compañera de estudios

Hace unos meses, un amigo de la infancia, de esos que pese al montón de tiempo transcurrido, nunca olvidas por las experiencias y vivencias que tienen en común, hizo una convocatoria grupal digital. Allí coincidimos vía whapsaap. La alegría nos invadió, se apoderó de nosotros por horas continuas de conversación. Anécdotas, reconocimientos, nos actualizábamos día y noche, de madrugada incluso. Quienes viven en Venezuela o los que nos encontramos fuera, por igual, imponíamos nuestra cuota de sacrificio en incansables horas de tertulia.

Progresivamente, el número de agrupados en “Escuela Bianco”, fue in crescendo, iban surgiendo nombres, y de alguna manera se establecían los contactos por cualquier vía hasta dar con un número. Sin embargo, aunque se le mencionara en varias oportunidades, una persona no tuvo mayoría absoluta de aceptación, tú Delcy Rodríguez.

Si, la misma que usted, ustedes, yo, y millones de personas conocemos en Venezuela y fuera de sus fronteras. La Canciller, la hermana de Jorge Rodríguez (a su mamá no la mencionaré porque no viene al caso). Me correspondió compartir contigo salones en el jardín de infancia Teotiste de Gallegos y en la Escuela Dr. Jesús María Bianco (instituciones administradas por la UCV), nos distinguía que éramos hijos de empleados ucevistas. Pero tú y yo teníamos algo más en común, la vulnerabilidad notable de ser asmáticas. Delcy, eras algo así como una muñequita frágil que todos consentían, no sólo por la enfermedad en sí, sino por la actitud que imponías, a lo que se sumó en algún momento la historia del asesinato de tu padre Jorge Rodríguez, y esto generaba hacia ti un trato notablemente particular, podríamos decir, preferencial. Es que el tema del socialismo y comunismo no es nuevo, en las esferas políticas y el entorno ucevista hablar de guerrilla, de perseguidos políticos y asuntos afines era la cotidianidad. En efecto, muchos de nuestros padres, aún creen en esa quimera.

Ahora bien, conscientes de los años transcurridos, paradójicamente, la muerte de tu padre, Delcy, no sólo se le vincula a hechos delictivos que superan la militancia izquierdista, es que ha sido el bastión para que como una bola de nieve, el odio, el ensañamiento, la venganza, crezcan como las excusas perfectas tanto en ustedes, sus hijos, como en quienes paradójicamente creen una sola parte de la historia. Se me viene a la mente el cuento de Caperucita Roja, pero narrado exclusivamente por ella; so pena de escuchar la versión de los involucrados. En fin, el punto inflexible es que ahora que tengo la oportunidad de verte como embajadora de la maldad, del terror, de la mentira, me cuestiona de forma incesante aquella imagen tuya de la niñez, incapaz de levantar la voz porque te cansabas; con los ojos hundidos por falta de oxígeno ante el menor esfuerzo. Quién podría predecir que te transformarías en la protagonista de un cuento de hadas, pero en el rol de la villana.

La mayoría de nosotros -los de tu generación-, por increíble que pueda parecer, hemos cambiado más físicamente que en lo espiritual. Conservamos la misma camaradería, la misma sensibilidad social, la misma complicidad de la infancia. Nos une el sentimiento de la hermandad, y en ella no hay espacio para ti. Indefectiblemente tiene que ser demasiado triste saberte sola, despreciada y olvidada. Es que te convertiste en una persona que, al menos yo, desconozco; en la embajadora de un país portátil que viaja en maletines verdes o blancos; tú representas todo lo que un venezolano humilde, honesto y cabal no está dispuesto a tolerar o avalar, y por tanto, muchos nos fuimos, nos han botado de la casa sin portarnos mal, mientras ustedes se enquistaron para sembrar la desidia, una espiral de violencia que supera a una nación en guerra; es una hecatombe por hambre.

Y es lógico que afirmes constantemente que Venezuela no está en crisis, ni requiere de ayuda humanitaria; es simple para ti que no haces colas, que tienes escoltas y, por consiguiente, tu vida no se vulnera ante la inclemente delincuencia; para ti que cambias de monturas como de ropa interior; para ti que te cuelgas carteras y pisas con calzado de manufactura de las más renombradas casas de moda. Qué sabes tú del dolor de quienes despiden a diario en el aeropuerto a familiares sin saber cuándo los vuelven a ver; de quienes han tenido que decir adiós para siempre a hijos, esposos, padres o familiares, y vecinos víctimas de la impunidad imperante. Eres embajadora de un país de fantasía que se recrea sólo por las historias mal contadas en VTV; liderado –como mencionara Boris Muñoz en su insigne artículo-, por un “Gobierno de Malandros”, y yo agrego de narcotráfico y pranes. Un gobierno disfrazado de democracia pero con todo el porte y abolengo de dictadura, a ese tú lo defiendes, lo respaldas y te sientes orgullosa. Insisto, te desconozco.

Ustedes transformaron esta nación, ciertamente la revolucionaron para convertirla en líder en inflación, inseguridad, en pobreza. Un sistema de salubridad de peregrinaje; un calvario perenne para conseguir medicamentos, un país de miedo ante los espantosos colectivos; le han inoculado a la gente la desesperanza, el pesimismo, el conformismo y peor aún, la resignación; un país que agradece bajando la cabeza porque le venden una mísera bolsa de comida cuyo contenido no es más que una bofetada a la dignidad. Delcy, la gente se está muriendo, aunque no quieras entenderlo, y se muere no sólo de hambre, es que le han asesinado la moral, los valores y, aunque Venezuela logre recuperarse económicamente, y se encause hacia un porvenir de prosperidad y progreso, la cruzada de mayor tiempo y esfuerzo será su recuperación social y psicológica. Pero Delcy, eso sólo lo comprenderías si te comieras un cable.

 

 

Periodico El Nuevo Mundo

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