Diario argentino La Nación: Otro capítulo de la tragedia venezolana

La situación del pueblo venezolano sigue transitando una triste precariedad, un deterioro brutal que se acelera día tras día. La más absoluta escasez de todo lo esencial ha pasado a ser el sello de una normalidad angustiosa. Ni los alimentos ni los medicamentos se consiguen ya con facilidad. Hay que peregrinar por distintos puntos de venta hasta encontrarlos para acceder a ellos luego de largas colas. Las emergencias, ante la escasez de todo, se transforman con frecuencia en irremediables tragedias.

El buen nivel de vida del que alguna vez gozaron los venezolanos ha caído estrepitosamente. De los 31 millones de habitantes, apenas el 19% dice apoyar al gobierno de Maduro y aplaude su fracasado “modelo” colectivista, causante directo de las privaciones cotidianas.

La inflación, de tres dígitos, los martiriza aún más. Ahorrar es imposible pues el bolívar se evapora cada vez más rápido. El billete venezolano de más alta denominación, el de 100 bolívares, vale hoy apenas tres centavos de dólar.

Maduro sigue culpando a los Estados Unidos y recurre a manotazos de ahogado frente a la posibilidad de que su mandato sea revocado, como la designación del controvertido Tareck El Aissami, denunciado por la oposición por sus presuntos vínculos con el narcotráfico, como nuevo vicepresidente.

Mientras tanto, el diálogo con la oposición está paralizado y Maduro acaba de anticipar que la Asamblea Nacional, bajo control opositor, marcha hacia la “autodisolución”. La conducta del líder chavista aparece como una burda burla a la buena fe de los dialoguistas, frustrados por un gobierno que sólo procura ganar tiempo en una desesperante huida hacia adelante.

La corrupción ha crecido exponencialmente y está claro que afecta a muchos de los altos mandos de las fuerzas armadas de Venezuela. En la emergencia, Maduro ha puesto en sus manos al sector alimentario, incluso las importaciones de un país vergonzosamente incapaz de producir lo mínimamente necesario para alimentar a su pueblo.

El pueblo de Venezuela no puede quedar abandonado a su suerte. La tragedia cotidiana y la falta de libertades de una nación virtualmente secuestrada por un grupo de aventureros que se enriquecen sin pudor a costa del sufrimiento en el que han sumido a la mayoría de venezolanos deben quedar al descubierto sin disimulos, en su propia región.

 

 

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