El politicidio de la fuerza democrática venezolana (1) por Robert Alvarado

“La inmensidad misma de los crímenes proporciona a los asesinos que proclaman su inocencia con grandes mentiras, la seguridad de tener más credibilidad que sus víctimas que dicen la verdad”. Hannah Arendt


Personas asesinadas, por no decir ejecutadas en manifestaciones públicas, o dejadas deliberadamente morir o encarcelados indefinidamente por el estado venezolano en un período no mayor de diecisiete años. Decenas de estudiantes detenidos, torturados, vejados, expuestos a la intemperie o al hambre en reclusorios dignos del infierno.

Incontables exilados, terror estatal, represión indiscriminada, agresiones brutales como las de este jueves en el CNE. Es el legado, la revolucionaria herencia en materia de derechos del Socialismo del Siglo XXI. Un balance patrio de “la promoción y ejecución de políticas por parte del Estado o de agentes del mismo, las cuales resultan en la muerte de un número sustancial de personas de un grupo”, lo que según los entendidos se conoce como “politicidio”, cuyas “víctimas son definidas fundamentalmente en términos de su posición jerárquica u oposición política al régimen o a los grupos dominantes.” En nuestro país, Venezuela, están claramente definidos ambos bandos, las bajas, sometidos a medidas judiciales de presentación o encarcelados en situación de indefensión de la fuerza democrática habla de quienes están identificados como víctimas de aniquilamiento o extinción por motivaciones políticas. En este punto, no está demás decir como a nivel mundial el politicidio es más común que el genocidio, por sí le quedan dudas de que en Venezuela, desde hace rato, se está aplicando esa macabra modalidad criminal.

Un tipo extremo, pero común de percepción de amenaza entre los adversarios del régimen llevado por Maduro, cada día más es la del “politicidio”, esto es ser objeto de un sentimiento de aniquilamiento o extinción por parte de la maquinaria estatal. Por supuesto, uno podría imaginar la negación sistemática de los recursos necesarios para vivir como una forma de genocidio político, lo que en suma no es más que LA MUERTE ORDENADA, que pende cual “Espada de Damocles” sobre innumerables presos políticos a quienes se les cercenó una posibilidad cierta de recuperar, más que su libertad, el ejercicio de sus derechos civiles y políticos, declarando inconstitucional la Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional. Las cifras de víctimas, en poder de ONG’S defensoras de derechos humanos, se revelan más aterradoras, si cabe, cuando se las contextualiza. Un régimen cuya prioridad sea desacreditar a legisladores electos legítimamente por el pueblo y torpedear todas sus realizaciones legislativas, al punto de insultar al Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Luis Almagro, por sus referencias a la pertinencia de la amnistía en los momentos actuales o por su disposición a activar la Carta Democrática en contra del régimen, un régimen de tal talante, es el mismo que no ha tenido el más mínimo escrúpulo para poner en práctica esta muerte ordenada que sobrecoge por su malignidad.

Estaríamos ante un crimen político, que hoy en la legislación de algunos países, aparece como un tipo de genocidio bajo la denominación de “politicidio”. La más de las veces sutil, pero sin poder contener sus grotescas manifestaciones, las cuales cada día se hacen más evidentes en la sociedad venezolana. No es necesario abundar en lo que ha sido el martirio del pueblo venezolano, específicamente de quienes han enarbolado la bandera de la lucha democrática, exponiéndose así a las desmesuras de un gobierno que se presenta como el más grande garante de los derechos humanos en la historia de la humanidad en su conjunto. Un hecho que asombra por su sarcasmo pero que sin embargo, pese a los silencios y a las complicidades que lo han rodeado, hoy no admite dudas ante miles de venezolanos desplazados a otras latitudes o sometidos a procesos judiciales prefabricados, con muchos de ellos en riesgo de muerte a causa de graves afecciones de salud, algo que respondería a la “ejecución de un plan concertado que tiende a la destrucción total o parcial de un grupo nacional… o de un grupo determinado a partir de cualquier otro criterio arbitrario.”, como tiende a definir el Código Penal Francés de 1992 lo que estamos caracterizando con el neologismo “politicidio”, entendido también como: “extinción de un grupo por razones políticas o sociales”, quedando así abarcado por la más amplia definición de genocidio.
¿Qué explica tantos presos políticos en esta revolución bonita, tantos exiliados o perseguidos? Y ¿qué justifica su ocultamiento, antes, durante y después de la discusión de la Ley de Amnistía y Reconciliación Nacional? ¿Cómo aceptar que por casi dos décadas se haya presentado al socialismo como una esperanza de liberación, cuando en los hechos, claros para cualquiera que los mirara sin anteojeras ideológicas, operaba como un régimen homicida? ¿Y qué decir, del disimulo cuidadoso con que parte del gobierno transita sobre sus víctimas escudándose en unos supuestos mártires de La Guarimba? Sobre estas preguntas, versará una próxima nota con señalamiento de casos concretos. No sin señalar que el tema sólo puede abordarse asumiendo la imposibilidad de cerrarlo, de dar una respuesta conclusiva que explique lo que en realidad constituye el “politicidio” de la fuerza democrática que acontece en Venezuela. El mayor misterio guardado de este régimen, en un siglo tan abocado a acabar con los misterios, pero que como cualquier recurso intimidatorio, o destinado a mantener el poder a toda costa, debe conservarse en el más absoluto silencio, a no ser que lo efectos de tal proceder delaten al victimario, como pareciera estar sucediendo como Maduro y su combo. Porque seguramente nunca podrá llegar a explicarse cabalmente como un puñado de hombres, buenos y malos como cualquier conjunto de humanos, pero todos presuntamente ansiosos por redimir al pueblo venezolano, pudieron, en tan poco tiempo, causar tanto dolor, a tantos de sus congéneres. En ese sentido, es particularmente llamativo, la fuerza que imprime el concepto “politicidio” incluso en ámbitos donde no tendría fuerza efectiva, como es el caso de nuestros queridos estudiantes, indígenas, campesinos o mineros como los de Tumeremo. Esto es parte de lo que abordaré en mi segunda entrega.

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¡Hasta la próxima semana, Dios los bendiga!

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