Expansión: Venezuela entra en coma

Es fácil encontrar a españoles con antepasados que en su día emigraron a Venezuela en busca de prosperidad. Hoy el camino es el inverso: casi dos millones de venezolanos han abandonado su nación en los últimos quince años. Hace ya mucho tiempo que el país sufre casi una plaga bíblica: escasez de medicamentos y de productos básicos, inflación descontrolada, atropellos a la libertad de expresión y unos índices de violencia similares a los de un país en guerra.

La caída de los precios del petróleo, tan vital para la economía venezolana como el oxígeno para el ser humano, ha colocado a Venezuela en estado de emergencia económica. La sequía está ahogando el suministro de electricidad. El Gobierno reparte bolsas de comida casa por casa. Y el predominio de la oposición en la Asamblea Nacional ha reforzado el pulso con el régimen, en un enfrentamiento que tiene su réplica en las calles.

La naturaleza también la ha tomado con el pueblo venezolano. La sequía, consecuencia del fenómeno climático de El Niño, ha provocado una dramática caída de las reservas de agua en la central Simón Bolívar, que produce el 60% de la electricidad del país, lo que a su vez ha llevado a Nicolás Maduro a imponer un severo racionamiento del gasto energético. Por ejemplo, reducir a lunes y martes (y sólo durante media jornada) los días de trabajo de los tres millones de funcionarios que trabajan para el Estado, limitar los horarios de los centros comerciales y cerrar los colegios los viernes.

Los cortes de luz y agua y las dificultades para el suministro de alimentos se suceden por todo el país, lo que ha desatado la cólera de los venezolanos. En ciudades como Maracaibo, La Guaira, Valencia, Maracay y Los Teques se han producido disturbios, barricadas y enfrentamientos con la policía, que han culminado en centenares de arrestos.

Por orden del Gobierno de Maduro, ni las radios ni las televisiones están informando de los hechos. Sólo en Twitter y otras redes sociales se da cuenta de lo que sucede en la calle.

El sucesor de Hugo Chávez ha utilizado la situación de crisis económica para reforzar aún más sus poderes presidenciales: ahora puede obligar a las empresas privadas a aumentar la producción y aplicar cualquier medida para evitar la fuga de capitales, incluida la posibilidad de decretar un corralito.

Las reservas financieras del país se están desangrando, situándose en poco menos de 13.000 millones de dólares, un mínimo histórico. Sólo en el primer trimestre se han reducido en más de 3.400 millones. A los venezolanos se les puede acabar hasta el consuelo de echarse un trago. La mayor cervecera del país, Polar, ha advertido de que dejará de producir cerveza si no consigue pronto divisas para importar cebada de malta.

 

Venezuela cerró el 2015 con una inflación del 180%, según cifras oficiales, y este año será del 720% y del 2.200% en 2017, según cálculos del FMI difundidos el pasado miércoles. En precios constantes rondará el 80%.
expansion.com

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