NYT: Venezuela, entre el trauma y la catarsis

Durante los últimos dos meses Venezuela ha ocupado el lugar reservado a las calamidades más sobrecogedoras del mundo. Es prácticamente imposible observar la dinámica de protesta y represión que vive el país sin plantearse la pregunta, lapidaria y acaso retórica, “¿qué habrá hecho esa pobre gente para merecer esto?”.

MONTAGUE KOBBÉ / NYT

Lo que ha hecho Venezuela para, no hablemos de merecer sino llegar a esta situación, no se puede explicar siquiera con una relación de las fechas claves de la historia contemporánea del país, porque la caída en picada que la ha sumido en el hambre y la miseria no empezó con la muerte de Hugo Chávez en 2013 ni con su llegada al poder en 1998. Empezó antes del Caracazo de 1989, antes, inclusive, de aquel fatídico Viernes Negro de febrero de 1983. Ese día lo que comenzó a caer fue el valor del bolívar, pero para entonces ya se habían sentado los cimientos, frágiles e inestables, de una sociedad que había nacido del descontento, la protesta y la desobediencia civil contra el dictador Marcos Pérez Jiménez, y que se acercaba al desplome.

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Pérez Jiménez forzó sobre Venezuela una serie de valores como el orden, la disciplina y la seguridad, con los que se pretendía fundar una nación tropical primermundista. Esa imposición pasó factura a derechos fundamentales: durante el perezjimenismo, Venezuela vivió una década de violencia institucional y amordazamiento colectivo, materializados en la Seguridad Nacional de Pedro Estrada y en miles de presos políticos.

El resultado, tal vez inevitable, fue el resentimiento y, hasta cierto grado, de subversión en diversos grupos de la sociedad venezolana, especialmente los estudiantes, quienes, al igual que ahora, se convirtieron en el principal elemento desestabilizador. Sin embargo, no es descabellado afirmar que, más que los valores prescritos por el Nuevo Ideal perezjimenista, la principal fuente de indignación del venezolano de la época era la represión y la falta de libertad.

Es por ello que el derrocamiento de Pérez Jiménez en enero de 1958 generó una paradoja social que eventualmente habría de marcar el rumbo de la historia de Venezuela por al menos medio siglo: por una parte estaba el rechazo postraumático de todo aquello que estuviese ligado al depuesto dictador; por la otra, el sentido de identidad del venezolano estaba íntimamente relacionado con el imaginario de orden y progreso que Pérez Jiménez había sabido proyectar con eficacia.

La situación se vio complicada, además, por la exclusión del Partido Comunista del Pacto de Punto Fijo de 1958, lo cual supuso una extensión del periodo de inestabilidad política en el país y llevó al núcleo más radical a emprender la lucha armada. Así pues, la guerrilla aprovechó audazmente las circunstancias para dar una imagen de continuidad a la resistencia y apelar a la admiración que el pueblo había desarrollado por la figura del detractor durante los años del perezjimenismo.

El venezolano acogió con calidez la imagen tremendamente romantizada del revolucionario, pero no lo consideró una alternativa viable para gobernar el país. Para eso estaba la institucionalidad democrática, encarnada en Rómulo Betancourt, cuyo modelo compartía la visión de desarrollo propuesta por Pérez Jiménez, la ambición de hacer de Venezuela un bastión del orden del Primer Mundo en Latinoamérica. Sin embargo, desde un principio, los gobernantes democráticos comprometieron la credibilidad y el prestigio del sistema, por lo que el pueblo venezolano se fue inclinando, como por efecto de repulsión magnética, hacia el polo opuesto al discurso oficialista, es decir, hacia el desorden.

Durante los años de bonanza en Venezuela, los gobiernos sucesivos de Carlos Andrés Pérez y Luis Herrera Campins, la falta de crédito moral del sistema democrático se vio paliada por un derroche de recursos que se reflejó en una especie de gran orgía social, una expresión del desorden inaudita y casi idílica que habría de tener graves consecuencias. Tan pronto el país volvió, a mediados de los ochenta, a la realidad de la inflación, la inseguridad y el desempleo, reapareció también, con renovado fervor, la vena antagónica del venezolano, ya no refractada en el coqueteo con un grupo subversivo sino expresada directamente en el clamor, estrepitoso y multitudinario, por un cambio radical.

Manifestantes de la oposición durante una protesta noctura en repudio de la muerte del activista Neomar Lander durante enfrentamientos con las fuerzas de seguridad el 8 de junio de 2017, en el municipio Chacao de Caracas. Credit Luis Robayo/Agence France-Presse – Getty Images
El ascenso de Hugo Chávez al poder podría considerarse como el último peldaño de la desvinculación de la sociedad venezolana con los valores del perezjimenismo, es decir, como el triunfo final del desorden. En su búsqueda por la libertad, el derecho, tal vez inclusive la justicia, el venezolano apoyó una candidatura que ofrecía frescor más que método, rejuvenecimiento sin mayor planificación y que, sobre todo, prometía ser lo otro, algo completamente transgresor. Venezuela, afectada ya por una feroz falta de orden cayó con Hugo Chávez en un bochinche generalizado.

Las semejanzas –más formales que concretas– entre la situación de 1957 y la de 2017 deberían estar ya bastante claras: en ambos casos hablamos de gobiernos eminentemente opresivos, de extensos periodos de descontento, de movilizaciones masivas en contra de la autoridad.

El sufrimiento, el hambre, la pobreza, la inseguridad a la que se han visto sometidos los venezolanos en la última década garantiza que esta generación, como aquella, tendrá que enfrentarse a un trauma. El futuro de Venezuela, que es lo que está en juego, depende fundamentalmente de dos cosas: en primer lugar, de que el gobierno actual, sostenido exclusivamente por el apoyo de las fuerzas armadas, sea derrocado –esta semana, este mes, este año–, reemplazado por un gobierno de transición, y debidamente juzgado por los actos criminales que ha cometido, no solo en las últimas semanas.

En segundo lugar, es imperativo que el trauma que ha producido esta experiencia sea canalizado de manera constructiva. Es por eso que, en paralelo al proceso de regeneración económica, jurídica e institucional que Venezuela necesita, habrá también que promover una regeneración moral. La tarea puede ser más sencilla de lo que parece, pues la indignación del venezolano debería hacerlo rechazar el tipo de prácticas –la corrupción, el caos, el amiguismo, la complicidad en el crimen organizado o no– que por más de 30 años han llevado al país a la ruina.

Así Venezuela quizás consiga construir, sobre las bases del horror actual, una sociedad más comedida y transparente que pueda guiar al país durante los próximos 50 años. Tendrá sus defectos, pero serán diferentes a los del chavismo, a los del perezjimenismo, a los de la era democrática. Entonces, quizás, pueda decirse que todo esto valió la pena.

 

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