Prodavinci “El caudillismo y la mecánica mental de Hugo Chávez”

El caudillismo chavista se opone patológicamente a una de las más sanas tendencias políticas de la vida venezolana desde la muerte de Gómez: la despersonalización e institucionalización del poder, tal como se efectuaron, de modo paradigmático, en el Pacto de Punto Fijo. En un país acostumbrado a confundir la política del Estado con la figura del caudillo de turno —por eso se habló sucesivamente de paecismo, monaguismo, guzmancismo, crespismo, gomecismo, perezjimenismo— representó un enorme paso hacia la modernidad acceder a un acuerdo de carácter institucional más allá de la figuración personalista de los líderes que lo propiciaron y lo hicieron posible.

Al hablar de chavismo, como lo hacemos hoy, no caemos en la cuenta de que estamos, automáticamente, evidenciando un retroceso, una regresión histórica. Junto con el militarismo (ramplón, ignaro y hamponil) y el estatismo, este caudillismo entroniza un triángulo anacrónico. Nos gobierna el pasado.

La mecánica mental de Chávez y de sus seguidores puede ser descrita aplicándole las conocidas categorías de René Girard: la cohesión grupal, la unanimidad sectaria se materializa en la medida, y solo en la medida, en que se encuentra y erige un “chivo emisario”, un enemigo que es preciso enfrentar y cuya derramada sangre psíquica, y a veces incluso física, constituye el precio a pagar para garantizar aquella cohesión, aquella unanimidad. Carl Schmitt lo formuló lapidariamente: definir al enemigo es el primer paso para definirse uno mismo: “Dime quién es tu enemigo y te diré quién eres”. Y todavía más suscintamente: “Distingo, ergo sum”.

Esta visión política está tan alejada del cristianismo como el negro del blanco. No solo por el auténtico horror de Jesús ante las diferencias que el orden estatuido de una sociedad impone a los seres humanos, sino sobre todo porque, para él, el extranjero, el desemejante, el que hereje, el que no comparte mi léxico mental, el excluido, el enemigo, el radicalmente otro es el invitado por excelencia a compartir conmigo el banquete mesiánico. Nadie puede celebrar un ágape cristiano si no convida a él, simbólica y realmente, al excluido y al enemigo.

Los mecanismos políticos y, en aspectos decisivos incluso económicos, de la democracia liberal —no hay otra— pueden y deben ser incorporados a una alternativa que busque superar las profundas desigualdades y enormes asimetrías en el disfrute de la riqueza generadas por la dinámica capitalista: la separación de poderes, la alternabilidad en la jefatura del Estado,la elección mediante sufragio universal, directo y secreto de los gobernantes, el juego plural de las ideas, la libertad de pensamiento, de expresión y de acceso a la información, la laicidad del Estado, el mercado —regulado a través de correctivos antimonopólicos— como vía insustituible de la producción de riqueza, la propiedad privada como infraestructura necesaria de la autoafirmación personal y, en consecuencia, la iniciativa empresarial de los individuos como movilizadora de empleo y bienestar.

Todas estas conquistas configuran un patrimonio civilizatorio irrenuciable.

 

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