WSJ| Cuerpos de fantasía: las venezolanas transforman su cuerpo cada vez más con cirugías plásticas

Frustrado por las pocas ventas de su pequeña fábrica de maniquíes, Eliezer Álvarez se percató de algo muy simple: las venezolanas transforman su cuerpo cada vez más con cirugías plásticas, pero los maniquíes en las tiendas de ropa no reflejaban estas nuevas proporciones. Así que fue a su taller y creó a la mujer que pensaba que el público deseaba: un modelo con senos desbordantes y nalgas bien alzadas, una cintura de avispa y piernas largas, una fantasía en fibra de vidrio al estilo venezolano.

Las proporciones aumentaron y, con ellas, las ventas. Ahora sus maniquíes y otros similares son el estándar en las tiendas de todo el país. Es una imagen polarizadora del físico femenino que atrae la atención desde los umbrales de las pequeñas tiendas donde venden ropa barata a mujeres de clase media, así como desde los aparadores de sofisticadas boutiques en los grandes centros comerciales.

Quizá la intención artística de Álvarez era imitar la realidad, pero en una cultura impregnada de este tipo de imágenes, la realidad supera al arte.

“Ves a una mujer así y dices ‘Wow, yo quiero verme como ella’”, comentó Reina Parada en el taller mientras lijaba el torso de un maniquí. Dijo también que, aunque ahora no podía permitírselo, algún día le gustaría ponerse implantes: “Te da más autoestima”.

Aquí las cirugías estéticas están tan de moda que las mujeres hablan sin tapujos sobre sus operaciones y los fabricantes de maniquíes dicen en broma que sus creaciones también están “operadas”. La esposa y socia de Eliezer, Nereida Corro, llama a su maniquí más exitoso, que es el de las proporciones infladas, el modelo “normal”.

Esta aceptación de la cirugía plástica choca con la ideología socialista del gobierno y con el sonado discurso de crear una sociedad libre de la mácula del mercantilismo. Hugo Chávez, que fue el líder de Venezuela por mucho tiempo y falleció en marzo de 2013 después de 14 años al mando, reprobaba estas operaciones y decía que era “monstruoso” que las mujeres pobres gastaran dinero en aumentarse el busto cuando apenas ganaban lo suficiente para sobrevivir.

Pero los mismos recursos usados por el gobierno ?las reservas probadas de petróleo más grandes del mundo— desde hace tiempo han creado una cultura de consumismo y dinero fácil, así como una afición por la gratificación inmediata y las soluciones rápidas.

“Venezuela es famosa por su petróleo y por sus bellezas”, afirmó Lauren Gulbas, una antropóloga y académica feminista que ha estudiado las actitudes de los venezolanos ante la cirugía plástica: “Es por eso que pareciera ser tan importante para ellos”.

A finales de los años setenta y durante los ochenta, la belleza desempeñó un papel especialmente importante cuando las reinas de belleza de este país, que ya desde entonces eran una fijación nacional, en tres ocasiones fueron coronadas Miss Universo. Este éxito en el escenario internacional cobró especial relevancia, pues sucedió justo cuando el país lidiaba con las esperanzas frustradas del auge petrolero de los años 70 y por la profunda recesión económica que trajo consigo una crisis de confianza nacional. La fama de las reinas provocó una fascinación por la cirugía estética y algunos procedimientos quirúrgicos como ponerse implantes de senos, quitarse panza, operarse la nariz e inyecciones para endurecer el trasero.

Osmel Sousa, quien desde hace tiempo es el director del concurso de belleza Miss Venezuela, se lleva el crédito por haber creado esta moda. A la primera venezolana que ganó el Miss Universo le aconsejó que se operara la nariz, hecho que en su opinión hizo posible esa victoria hace más de tres décadas, por lo que explicó: “Cuando hay un error, lo corrijo. Si algo se puede arreglar fácilmente con cirugía, ¿por qué no hacérsela?”. Para él, la belleza solo está a flor de piel: “Yo digo que eso de la belleza interior no existe. Es algo que las mujeres feas inventaron para justificarse”.

Como es de esperarse, no todos están de acuerdo. Muchos grupos a favor de los derechos de las mujeres protestaron en octubre de 2013 en contra del concurso Miss Venezuela y criticaron la presión que sienten las mujeres por encajar en unos ideales estéticos artificiales.

Los pocos datos disponibles indican que las venezolanas no se someten a más procedimientos quirúrgicos que las mujeres de otros países. Pero la antropóloga Gulbas dice que las cirugías adquieren un estatus más elevado gracias a la importancia que tiene la belleza y a la creencia de que ayudan a proyectar una imagen más exitosa.

“En Venezuela existe este concepto de ‘buena presencia’, que transmite la idea de que algunas de tus características dicen que trabajas mucho y bien, y que eres una persona honesta. Es una virtud que se asocia con verse de cierta manera”.

Todos los días, Yaritza Molina acomoda varios maniquíes en la entrada de la pequeña tienda de ropa que administra en Coro, una ciudad al oeste de Venezuela, pero suele colocar dos modelos delante de los demás: “Estas son las princesas porque tienen el mejor busto. Tengo muchas clientas que vienen y dicen: ‘Yo quiero verme así’, y yo les digo: ‘Bueno, pues entonces opérate’”.

Como en muchos otros países, esta obsesión no está libre de peligros. En los últimos años, en los medios de comunicación locales se publicaron reportajes sobre varios casos en los que las pacientes murieron tras haber recibido inyecciones para reafirmar las nalgas, muchas veces en clínicas que ejercían sin licencia.

El aumento de ventas que provocaron los maniquíes de grandes senos permitieron que en el 2013, Nereida y Eleizar construyeran un nuevo taller donde hacen sus creaciones a mano con técnicas de baja tecnología, paradójicamente. Había docenas de maniquíes a medio terminar ordenados en hileras, como robots quietos con pechos exagerados, llevando al límite la excesiva estética femenina que aquí predomina.

Hace no mucho, unas 12 personas estaban trabajando: algunas aplicaban en los moldes una capa delgada de una resina pastosa y marrón, y otra de tiras de fibra de vidrio. Dejaban secar el combinado y después extraían los torsos artificiales, los brazos y las partes de enfrente y de atrás de los maniquíes. Unían con pegamento las partes del cuerpo plástico, las pintaban con aerosol dentro de una camioneta que, con letras grandes, decía en el parabrisas: “Jesús es mi paz”, luego colocaban los maniquíes terminados, listos para ser repartidos.

Cerca había pequeñas parcelas donde crecían yuca y maíz. Desde una casa al otro lado de la calle, la cara de Chávez retratada en un póster se asomaba atravesando la pared como si quisiera ver las formas femeninas que se encontraban en el taller.

Nereida, la socia, explicó los cambios que habían sufrido los maniquíes a lo largo de unos pocos años. Ahora tienen senos más grandes, nalgas más grandes y cinturas más delgadas. Hasta no hace mucho “los maniquíes eran naturales, así como las mujeres también eran naturales”, afirmó. “La transformación ha sido tanto de la mujer como del maniquí”.

Mary Angola, otra fabricante de maniquíes en Valencia, dijo que los estilos más viejos venían de Europa o Estados Unidos y difícilmente reflejaban los cuerpos de las mujeres de carne y hueso: “Las hacen muy flacas”, sostuvo.

A pocos kilómetros del taller de Nereida Corro, los trabajadores usan un proceso similar para construir maniquíes en un pequeño taller situado en una azotea. Daniela Mieles, de 25 años, y su familia trabajan en esta fábrica. Mientras que los modelos de Corro dieron un salto brusco en el diseño de la figura femenina, Daniela dice que los pechos y traseros de sus maniquíes han crecido paulatinamente, a la par de las tendencias en la cirugía plástica, y ya alcanzaron una forma que su esposo, Trino Colmenarez, de 32 años, llama estrambótica.

Las ventas van bien y Mieles contó que ella y su marido han comenzado a ahorrar dinero para que ella también se opere. El objetivo es verse como el ideal artificial proyectado por los maniquíes de su familia, explicó Daniela: “La belleza es perfección, intentar ser mejor cada día. Así lo ve la gente aquí”.

María Eugenia Díaz, Paula Ramón y Jimmy Chalk colaboraron con este reportaje desde Caracas, Venezuela.

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